Seguimos caminando por la Ciudad de Mendoza disfrutando de su vista de la cordillera…descubriendo otros rincones…a la hora de la siesta

Cuando el comercio cierra sus puertas, en la siesta mendocina, es muy interesante pasear por el conglomerado de plazas equidistantes de la ciudad, la Chile, la San Martín, la España (¡con patio andaluz y todo!) y la Italia (¡acequias de las más viejas que hay!). En el medio, la plaza Independencia, enorme. Para los porteños será una especie de parque Chacabuco.

Hay una feria bonita, y de allí sale la peatonal Sarmiento, con bares y comercios y movida todo el día.

Caminando la peatonal parece no haber tiempo. Gente tomando algo en las mesitas de la calle, chicos, jóvenes paseando. Se entiende que este es el latido alegre, constante y tranquilo de la ciudad. Quizás la peatonal sea un buen modo de hacer tiempo: la hora de la siesta, sagrada, invita al callejeo. Y cuando nos despertemos vendrá lo mejor

A partir de las 16 se puede saltar al otro gran polo de la ciudad, el Barrio Cívico, donde dominan los edificios públicos. El corazón de esta área es uno de los imperdibles que tiene hoy Mendoza: el Memorial de la Bandera del Ejército de los Andes, donde lógicamente se puede ver, en vivo, la mismísima bandera que llevó el ejército conducido por San Martín en la gesta andina.

El diseño creado por las damas de la época, con joyas incrustadas que ya no están, las puntadas cuidadosas, el bordado, todo es conmovedor. Y ahí está la bandera, casi intacta. Y ahí están ellos, los granaderos, para aclarar el gran relato.

De vuelta al centro, cruzando la avenida San Martín, la peatonal renace como Garibaldi. A media cuadra, el edificio Gómez seduce con su aire de EmpireState neoyorquino un poco vejete, típico edificio céntrico de oficinas. Hay que subir al piso diez, me insistieron varios mendocinos.

De acuerdo, puede dar un poco de claustrofobia el ascensor de metal (¡siempre son marca Otis!), pero por fin se abre la puerta corrediza y, zas , un pasillo, colores en las paredes y un lindo bar.

Un bar ochentoso, amplio, que da a una terraza magnífica. Las parejas toman cerveza y comen maní. Cae el sol. El cielo está rosado o anaranjado o azul. Hermoso. La vista, impresionante. Nota mental: este lugar es un secreto que habría que difundir sin arruinarlo, o sea, en su justa medida.

La unión hace la fuerza

Ascensores aparte, otra subida que merece su tiempo en Mendoza es la que se hace al Cerro de la Gloria. Se suele ir en auto, aunque se ven peatones y corredores con la lengua afuera, encarando la cuesta.

Pero el gran premio del ascenso es un monumento dedicado al Ejército de los Andes. Está en la cima, es inmenso y fue creado en 1914 por el artista uruguayo Juan Ferrari, que enfrentó la compleja tarea de realizar una obra descomunal (en tamaño, en importancia), a través de la cual narraría parte de la historia de un país que no era el suyo. Flor de desafío.

Sugiero acercarse lo más que se pueda, ver los detalles, recorrer el sitio. Lógicamente no es una instalación artística, pero parece: el público circula espacialmente por los costados de la obra, interacciona con ella…

Hay que seguir al centímetro cada lateral para comprender la cronología minuciosa plasmada en el bronce sobre roca de montaña. Así se entenderá la intención del artista y su ideología, la cosmovisión que se desprende de la obra.

¡Y lo olvidaba! Para los mendocinos es básico remarcar que este es el monumento que se ve en el reverso del billete de cinco pesos. Los chicos piden a sus papás un billete para divertirse con el juego de las diferencias. Los papás murmuran “bancá que estoy viendo yo” . Y así es como todos se abocan meticulosamente a la ciencia comparativa.

Por robarle a los chicos un término reduccionista, esta “estatua” parecerá, vista desde lejos, común y silvestre, compuesta por personas y caballos freezados, de esas que aparecen insertadas, sin una razón clara, en las plazas. Uno nunca les dedica atención.

Juro que esta es diferente.

Lo primero que se ve del Monumento es lo que sobresale a lo alto: la figura de la Libertad alada, bella, bella, bella, rompiendo las cadenas que la aprisionaban. Es significativo y también necesario el pretérito imperfecto “aprisionaban” porque la sensación es exactamente la de un pasado continuo, inacabado, en transformación.

Con el verbo en proceso, en desarrollo, es que el monumento, con certeza, se mueve. O sea, en el tiempo y en el espacio. Y si no, véalo en diagonal.

Debajo de ella, de la Libertad, se acumula una pirámide humana, cuyos protagonistas se dividen según los distintos pasajes cronológicos de esta magnífica historieta –podría decirse– escrita y dibujada en altorrelieves.

Abajo de todo, obvio, están los laburantes, soldados rasos, obreros y artesanos sin premio aparente, que fabricaron las armas para el ataque. También se ve un grupo de damas y otros personajes de la nobleza argentina de ese tiempo, entregando –la imagen es tan contradictoria como apasionante– sus joyas para la causa.

A la cabeza, o sea, en el frente del monumento, el Ejército de San Martín con sus personajes centrales a caballo. Se ven los corceles firmes y enérgicos, igual que los hombres. Cuando hayamos dado toda la vuelta a la estructura y el ánimo se nos haya caído ante el relato de las batallas transcurridas, la inclemencia de la geografía y la temperatura andinas (evidentes en las rocas puntiagudas y en el frío que cala los huesos), el hambre y el agotamiento del ejército, veremos el mismo grupo de soldados a caballo, ahora cabizbajo, agotado, destruido tras la mega odisea sanmartiniana.

Es muy fuerte (y resume varios sentimientos, entre ellos, la incertidumbre) ver el rostro del General San Martín notablemente preocupado. El líder en su más intrascendente humanidad.

Corte: un inesperado aviso por el altoparlante del predio arranca de cuajo estas sensaciones. Parece que una señora se hizo la viva y quiso arrancar una plantita del costado del monumento. La retan como a un chico.

A la vuelta, en el descenso desde el cerro, el sol va apagando su propia ilusión, la luz extrema.

Entonces habrá que decidir si es buena compañía la Zamba de los Mineros (“para corpacharme con vino morao…”) o si mejor dejarse llevar por la intensa voz de la cantante Ángela Irene.

Y entonces, darle un lugar para que proponga, como se dice en Mendoza, madre de vendimias , “una tonada añosa, de esas que se nombran por sí solas, y de cuyana conciencia”.

Un relato apasionante que recorre la ciudad de Mendoza: no te sentía entusiasmado para venir a descubrirla vos mismo? Dale…ya empiezan las vacaciones de invierno…organizá ya una escapada a Mendoza y disfruta de su cordillera, gastronomía, paisajes y su mundialmente celebre vino!

Fuente: Clarín, por Irene Hartmann (Diarios de Viajes)
12/07/2017

 

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