El Parque Nacional Talampaya, uno de los siete “Patrimonios de la Humanidad” declarados por la Unesco en Argentina, es una reserva natural en tierras riojanas.

Al disiparse el persistente velo de bruma que baja de las altas cumbres para envolver cada resquicio de la panorámica y los miradores, bien al fondo del paisaje asoma la primera imagen de la pared de siete kilómetros de largo que sonroja el Cañón de Talampaya. De a poco, la belleza de la cuesta es desplazada por esa súbita aparición y hasta se minimiza la imponencia de su punto más alto, el Bordo Atravesado, que se estira hasta rozar los 2.020 metros.

La travesía hacia la prehistoria empieza a acelerarse mientras sobre el escenario árido se plantan esculturas imprevisibles, que –aún en la actualidad– siguen siendo talladas por las precipitaciones y el persistente viento zonda. Tanto en Talampaya como sobre el suelo irregular de las 60 mil hectáreas del Valle de la Luna (en San Juan, a 60 kilómetros del Parque Nacional riojano) impresionan las dimensiones de los colorados –compactos paredones de roca teñidos por el óxido de los minerales–, cuya altura fluctúa entre 120 y 150 metros.

Pero es necesario adentrarse en el curso vacío del río Talampaya (“lecho seco del tala”, en quechua) para detectar las geoformas trazadas por culturas precolombinas a objetos o figuras humanas. La tarea es bastante más sencilla que imaginar a los primeros dinosaurios como únicos habitantes del lugar durante 150 millones de años, hasta que inescrutables misterios de la naturaleza determinaron su extinción hace 65 millones de años.

Es también fácil percibir que las formaciones naturales atesoradas en La Rioja y San Juan, a los dos costados de la ruta 76, transmiten una sensación de eternidad, por lo cual todo parece ser efímero fuera de los límites de Talampaya y el Parque Provincial Ischigualasto. Sin embargo, incluso esa imagen de imponencia e inalterabilidad tambalea ante la incesante acción eólica, del agua y el irrefrenable paso del tiempo.

Paseo didáctico
En 2014, en Sanagasta, a unos 200 kilómetros del renombrado Parque Nacional  Talampaya, se abrió el Parque Geológico de Dinosaurios, un recorrido notoriamente más didáctico que recreativo.

La elección del sitio no es fruto del azar: aquí, en las puertas de los módicos lugares turísticos y culturales de Sanagasta, las excavaciones iniciadas en 2001 sorprendieron a la sociedad riojana con el descubrimiento de huevos de dinosaurios, cuyos pasos retumbaban en esta zona hace 90 millones de años.

Saurópodos de largos cuellos –que estiraban sus cuerpos hasta alcanzar de 30 a 40 metros de largo y unos 14 metros de alto– nidificaban aquí durante el Cretácico, cuando la Cordillera no había irrumpido sobre la superficie y el subsuelo hirviente disparaba géiseres de agua termal. “Se encontraron más de noventa nidadas en la superficie, blanqueada por reservas de calcita y sílice por sobre la piedra bien rojiza de óxido de hierro”, explica Claudia Ferreyra, quien conduce con sobriedad la caminata que demandan los circuitos “Nido de libertad” y “Valle rojo”. La pasión por dar a conocer la prehistoria de este lugar deslumbrante se desprende de sus palabras y se traslada a la mirada fija en el horizonte y cada gesto. Es que la guía nació y vivió toda su vida en Sanagasta y frecuentaba durante su infancia este valle fracturado por un río extinguido. En esos tiempos –de los que Ferreyra rescata recuerdos imborrables–, un cúmulo de misterios y conjeturas planeaba en la zona.

El sendero de piedra suelta avanza en ascenso y se precipita en profundas hondonadas, en medio de un completo muestrario de hierbas medicinales. Junto a estilizados cardones se acumulan manojos de pichana, uña de gato, incayuyo (utilizado como té digestivo y para saborizar el mate), chaguar, jarilla (indicado para lavarse los pies, embadurnar hornos de barro y perfumar el pan casero) y brea. Las siluetas de los cactos parecen reducirse a tiernos bonsáis cada vez que la escena es copada por las nueve réplicas de dinosaurios, esculpidas al detalle en resina y poliéster. También entre estas bestias del pasado inmóviles se perciben jerarquías: el cuerpo estirado del ave unenlagia se empequeñece a la manera de un microscópico insecto frente a la recreación del titanosaurio, más conocido por el criollo nombre argentinosaurio.

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Fuente: Clarín

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